Columnas

La ley de Herodes

POR ESTO SOMOS TAN POBRES

En 1990, el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias (CRIM) de la Universidad Nacional Autónoma de México publicó un trabajo de investigación desarrollado por los académicos Rudolf H. Stahm y Úrsula Oswald Spring bajo un título que algunos llegaron a considerar provocador: “Por eso somos tan pobres”.

El documento aborda, desde el punto de vista científico, el fenómeno de la pobreza en los países de América Latina, Asia y África, y en su momento, fue tomado como un referente obligado en cuanto al planteamiento integral de lo que hoy conocemos como desarrollo sustentable en México, al enfatizar que el fenómeno de la pobreza no solamente tiene que ver con el aspecto estrictamente económico, sino también con la medición de más de 30 indicadores relacionados directamente con la calidad de vida de nuestras comunidades.

Sin duda alguna, medir la pobreza no es una tarea fácil. ¿Quién es más pobre,  el habitante de una zona urbana que no tiene coche o el campesino que no tiene para comer carne?  En términos actuales podríamos cuestionarnos ¿son menos pobres las comunidades rurales que tienen acceso a internet?

Reconociendo de antemano que no soy un experto en la materia, me atrevo a decir que de manera general los indicadores a los que hace referencia el estudio publicado por el CRIM-UNAM hace casi cinco lustros no se han movido drásticamente, sobre todo en lo que hace a las diferencias entre los pobladores del primer y tercer mundo. Por ejemplo, se menciona que la población del primer mundo equivale al 18% del total mundial, pero son dueños del 78% de la producción, 81% del gasto energético, 70% de los fertilizantes químicos, 84% de los tractores, 88% del hierro y 84% de las armas del planeta.

Una idea más específica sobre las diferencias entre “ricos” y pobres” es la comparación del consumo de energía, ya que un habitante de los Estaos Unidos consume la misma cantidad de energía (gasolina, electricidad, etc.) que 6 mexicanos, 9 brasileños, 35 hindúes o 208 tanzanianos. Un promedio de 63 veces lo que consume una persona en los países “pobres”.

El tema viene a colación porque de acuerdo a datos revelados por Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), México fue el único país de ésta región en el que la pobreza no disminuyó durante el último año. En su reporte titulado “Panorama Social de América Latina 2013”, el organismo recopiló información sobre los índices de pobreza e indigencia en 11 países, de los cuales seis lograron disminuciones en este apartado: Venezuela que pasa de 29.5% a 23.9%; Ecuador de 35.3% al 32.2%; Brasil de 20.9% al 18.6%; Perú de 27.8% a 25.8%; Argentina de 5.7% a 4.3% y Colombia de 34.2% a 32.9 por ciento.

En contraparte, la marginalidad se mantuvo sin cambios en Costa Rica con 17.8%; El Salvador con 45.3%; Uruguay con 5.9% y República Dominicana 41.2 por ciento. En el único país que aumentó fue México que pasó del 36.3% a 37.1%. Un crecimiento del 0.8  por ciento, que puede considerarse ciertamente marginal, pero que lamentablemente representa la única excepción a la regla.

El análisis de estos datos nos llevó a buscar entre los archivos el documento de Rudolf H. Stahm y Úrsula Óswald, solo para sorprendernos con el hecho de que éste estudio, presentado hace casi 25 años, siga siendo tan actual, así como para lamentarnos con lo poco que los mexicanos hemos cambiado en este tiempo.

Otros aspectos interesantes del análisis publicado por el CRIM-UNAM se refieren a la pobreza alimentaria, el financiamiento al desarrollo, y al inevitable cáncer que carcome a nuestra sociedad mexicana: la corrupción.

Hasta la fecha, y como ya lo hemos señalado en entregas anteriores, México no ha podido encontrar un modelo de política social que responda no sólo a las expectativas de los sectores más vulnerables de la población, sino que haga eficiente la aplicación de recursos públicos destinados al combate a la pobreza. A la larga, los más pobres cargan con el costo económico de sus propios incentivos, ya que en la planeación de los presupuestos, se privilegian programas y acciones asistencialistas por encima de proyectos de infraestructura o la conformación de instituciones que fomenten el desarrollo. Se pretende combatir a la pobreza con las mismas medicinas inoperantes de siempre.

El combate a la marginalidad en México tendría que pasar inevitablemente por una reforma sustancial en la forma en que se toman las decisiones en materia de políticas públicas en nuestro país. Lo podemos apreciar en el debate energético: los partidos políticos defienden sus particulares perspectivas sobre el tema, pretendiendo dividir la opinión entre “buenos” y “malos”, “privatizadores” contra “progresistas”, o simplemente a cuestionar si se realiza o no una consulta pública sobre el tema, sin proponer un análisis real de los verdaderos alcances de una política energética de verdadero impacto social. El gobierno sólo atina a ofrecer “energía más barata, al alcance de todos”, en una promesa que suena tan hueca como recurrente.

Mientras los ciudadanos continuemos dejando a los políticos la toma de las decisiones importantes, y éstos sigan priorizando sus mezquinos intereses de grupo o corriente, difícilmente cambiaremos las cosas en este país.

Sin duda alguna, el título al que hace referencia ésta columna es elocuente: “Por esto somos tan pobres”…

DE BOTEPRONTO: Probablemente sería éste un buen momento para que la elección del nuevo dirigente del PRI en Matamoros se realizara por votación directa en urnas. Sería interesante verificar si ahora que los tricolores están fuera del presupuesto municipal son capaces de robarse unos a otros, cometer actos de traición en despoblado o de plano, verificar si el enemigo siempre estuvo afuera y nunca se le alcanzó a ver la cola… ¿Usted qué opina?

Agradezco sus comentarios. Le espero de lunes a viernes en los espacios noticiosos de Informativo RG por la 840 AM para el norte de Tamaulipas y el Valle de Texas, y en este modesto ejercicio de opinión periodística, el próximo viernes.

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